En la Isla de la Gema de los Mares, Germán Jaramillo nace con un mechón rojo que se extiende de adelante hacia atrás de su cabeza. La partera que atendió su nacimiento, las señoras del Comité de la moral y parte de los vecinos y miembros de la comunidad, lo interpretaron como una marca diabólica y lo apodaron "Cabeza de Fósforo".
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El territorio. Diáspora africana
En un lugar del Pacífico Sur colombiano, llamado Vientos del Pantano, perteneciente a la isla La Gema de los Mares —que originalmente formaba parte de un gran archipiélago junto con otras dos islas: La Viciosa y El Morro— se encontraba un paraíso de paisajes marinos: playa, palmeras cuyas frondas danzaban al ritmo del viento y una exuberante vegetación multicolor. A ello se sumaba la gran diversidad de especies animales y vegetales, marinas y terrestres, tanto macroscópicas como microscópicas, que conformaban un ecosistema rico y frágil. Los manglares eran fuente de vida y protección para la isla y sus habitantes.
Estaba habitada en su mayoría por descendientes de ancestros africanos que, durante la época de la Colonia, fueron arrancados abruptamente de su tierra natal en África, con destino a los puertos de América, y transportados en barcos negreros en viajes de varios meses de travesía por el Océano Atlántico, hace aproximadamente quinientos años.
Eran conducidos como animales encadenados, con grilletes en pies y manos, sujetos a estrechas literas dispuestas en el suelo de una sucia, oscura y maloliente bodega sin aire ni ventilación.
Al ser capturados por sus verdugos esclavistas en sus territorios, perdían automáticamente su condición de hombres libres y pasaban a ser esclavizados y considerados «bienes inmuebles», vendidos como mercancía.
Fray Bartolomé de las Casas afirmaba: «Los negros esclavizados son seres sin alma». Su fuerza física y su conocimiento de los fenómenos de la naturaleza los hacían más aptos para el trabajo rudo y más resistentes a las enfermedades, así como a los climas malsanos y cambiantes de la selva tropical.
En la escala social eran considerados inferiores incluso a los indígenas. Sus compradores —amos o amas— tenían poderes ilimitados sobre ellos. Todos sus derechos eran vulnerados; su dignidad, pisoteada; su fuerza de trabajo, explotada; y sus familias, fragmentadas.
Sus ancestros procedían principalmente de varios países del África subsahariana, lo cual se reflejaba en los apellidos de familias como Biojó, Orobio, Popó, Arará, Carabalí, entre otros.
La gente de esta isla era amable, hospitalaria, laboriosa y muy alegre, expresiva y dicharachera. Compartían los alimentos que preparaban en sus hogares con sus vecinos e incluso con extraños. Sus principales oficios eran la pesca, la caza, la agricultura y el comercio.
Vientos del Pantano era un barrio de la isla La Gema de los Mares, formado por cuatro calles: la Calle de la Playa, la Calle del Camal, la Calle de la Felicidad y la Calle del Panteón. Esta última recibía su nombre porque las casas estaban separadas del cementerio por un estrecho y lúgubre callejón de aproximadamente medio kilómetro, que erizaba la piel al atravesarlo de noche, especialmente en luna menguante o durante la Semana Santa.
Según los vecinos, después de la medianoche aparecían en ese callejón las ánimas del purgatorio, vestidas de blanco, rezando y haciendo penitencia; el «descabezado» con sotana de cura; muertos que salían de sus tumbas a jugar fútbol y armar parranda; un duende tocando guitarra y enamorando jovencitas; y hasta el diablo interpretando magistralmente la marimba.
Un borrachito contaba que, una noche, a las doce, pasaba por la Calle del Cementerio y vio una intensa luz que salía de una tumba. Lo primero que se le vino a la mente fue: «Debe ser la señal que me mandan los espíritus para darme una guaca». Se armó de valor y fue a investigar. Para su sorpresa, se encontró con el esqueleto de un difunto que emitía una gran fosforescencia. De inmediato, se le pasmó la rasca.
El borrachito en cuestión, según se supo luego, era «Juancho», un hombre enjuto, de estatura mediana, famoso en Vientos del Pantano por ser «goterero» —acostumbrado a emborracharse a costa de otros, sin pagar un centavo—. Juancho creó su propia versión del evento y, haciendo gala de su gran oralidad, se hacía invitar a cantinas y sitios de reunión para contar la misma historia.
Su teoría era que todos teníamos grandes cantidades de fósforo en nuestro cuerpo, principalmente en los huesos. Cuando moríamos y nos enterraban, el esqueleto alumbraba como un fósforo encendido en la oscuridad. Estos disparates, para algunas personas, causaban hilaridad. En la isla era común el uso de apodos, y Juancho no fue la excepción: tras el suceso, se ganó el sobrenombre de «El Esqueleto Alumbrador», aunque a él no le agradaba del todo.
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