“MI VIDA, UN SINCRETISMO CULTURAL”
Hace 81 años nací en una distante, paradisíaca, mágica y embrujadora isla del Pacífico sur colombiano. Su nombre es Tumaco, conocida como la “Perla del Pacífico”, en el departamento de Nariño. Es una tierra de mar, manglar, salitre y sol, donde las gaviotas cantan y juguetean con la espuma de las olas para sacar en sus picos los pececillos que aseguran su sustento diario y su supervivencia.

Soy de esa tierra donde el susurro del viento acaricia el follaje de las palmeras, que se mueven armoniosamente como una danza en el espacio sideral, al ritmo de las notas sonoras del currulao, el bunde y el patacoré, bajo los acordes del tipleo y el bordón de la marimba de chonta, el “piano de la selva”. Todo ello bajo la estricta métrica y clave del tumba, tumba, tumba; retumba del bombo, el tapa, tapa, tapa del cununo y el suena, suena, chachachá del guasá, adornado por la rica y seductora polifonía de las voces de las cantaoras de la región.
Soy también de esa tibia y negra arena de playa donde las conchas de caracoles y los cangrejos tasqueros, en una inusual convivencia, forman una alfombra multicolor que brinda al paisaje tropical un ambiente de relax y sosiego para propios y extraños que lo visitan.
Familia materna y paterna
Mi familia nuclear estaba conformada por mi madre, Blasina Arboleda, afrodescendiente natural de Tumaco, con una escolaridad de solo tres años de primaria. No obstante, la describo como una mujer de carácter fuerte, sin titubeos a la hora de tomar decisiones. Fue ama de casa, sabedora, partera, curandera, cuidadora, consejera y luchadora por los derechos de los oprimidos.
Mi padre, Simón Ocampo, afrodescendiente, hijo de un afrodescendiente y de una mujer indígena, era natural del municipio de Barbacoas, Nariño. Orfebre de profesión y músico por vocación, fue ejecutante de varios instrumentos de cuerda como la guitarra, el tiple, la bandola y el contrabajo. Intérprete de géneros andinos colombianos como el bambuco, el pasillo y el vals, entre otros, así como de géneros afroantillanos. Fui el tercero entre once hermanos y el primero en obtener un título profesional.
Mi nacimiento
Según mi madre, Bacha, como cariñosamente la llamábamos, un 22 de octubre de 1944, a las 9 de la mañana, en el interior de una modesta casa de palafito que se hamacaba con el movimiento de las olas del mar, retumbó un fuerte llanto cuyo eco se filtró por las rendijas de las paredes del aposento y se extendió a lo largo y ancho de la inmensidad del océano. Por la intensidad y sonoridad de mi llanto, que parecía una constelación de notas musicales en clave de sol, la partera vaticinó que el nuevo miembro de la familia iba a ser cantante o músico.
Ombligado a la tierra
Fui ombligado al nacer con polvillo de oro y cenizas de una revista de recetas de yerbateros. Mi cordón umbilical y la placenta de mi madre fueron enterrados “bajo e` casa”. Según la leyenda, esta práctica ancestral buscaba mantener vínculos permanentes entre nosotros, nuestras raíces y la tierra que nos vio nacer, así como heredar las bondades de las sustancias animales, vegetales o minerales con las que era ombligado el recién nacido.
Infancia entre carencias y dignidad
Soy hijo de esa tierra de afrodescendientes cuyos ancestros fueron traídos de África a América en contra de su voluntad, durante el nefasto período de la esclavización y la trata transatlántica. Soy hijo de un pueblo con tremendas brechas de inequidad y desigualdad, empobrecido por la codicia y la avaricia de una hegemonía y un cacicazgo político heredados de los amos esclavistas de la Colonia.
“Todo te pueden quitar en esta vida, menos tus sueños, tus anhelos de libertad y tu dignidad como ser humano”.
— Abuelo materno, maestro de escuela rural
Desde niño comprendí cómo una minoría manejaba y decidía el destino de la mayoría, amparada en doctrinas filosóficas y religiosas. Ofrecían la salvación eterna a cambio del sufrimiento en la tierra. Entendí entonces lo que decía mi abuelo. También mi madre, una mujer con solo tres años de primaria, me repetía una y otra vez: “Hijo, prepárate y estudia, porque la única manera de torcerle el pescuezo a la fatalidad es por medio de la educación, para lograr un mundo donde quepamos todos”. Eso fue justamente lo que he intentado hacer durante todos estos años de existencia.
Escuela, miedos y oficios tempranos
Estudié en la Escuela Primaria Número Dos, conocida popularmente como la “Come Muerto”, por estar ubicada a dos cuadras del cementerio municipal. Allí me enamoré de las libretas limpias, sin calificaciones en rojo ni observaciones negativas. Fue la época en que los mitos y leyendas —la Tunda, el Riviel, el Duende, el Buque Fantasma Maravelí y el Descabezado— eran una realidad dentro del mundo mágico de cualquier niño de la región.
Era un niño menudito, asustadizo, prisionero de mis propios miedos, que se orinaba en la cama hasta los siete años. Fui también de la escuela del madrugón, con el estómago y los bolsillos vacíos, para ir a vender pan caliente en la estación del ferrocarril. En las noches ofrecića cucuruchos de maní tostado, confitado y chicles de menta en las puertas de los teatros de la isla. Sus exiguas ganancias ayudaban, en algo, a la precaria economía familiar. Al terminar la primaria comenzó a manifestarse mi admiración e inclinación por la música. A espaldas de mis padres empecé a explorar el cornetín y la guitarra en una escuela de música de mi pueblo.
La secundaria: dos ríos, la música y la ciencia
Al llegar a la secundaria, en mi colegio, el Liceo Nacional Max Seidel, me encontré en el cruce de dos ríos: el de la música, que me escogió, y el de la ciencia y los libros, que me disciplinó. Ambos, abrazados por el remolino de la adolescencia. La trompeta y la guitarra me sacaron de la casa; la ciencia y los libros me devolvieron a ella con otra luz.
Durante esta etapa, la música —y en particular la trompeta— apareció como una luz de esperanza en mi vida. Perfeccioné mi aprendizaje de este instrumento bajo la orientación de no menos de cinco maestros de música, entre ellos el músico cubano, trompetista y arreglista Beny Bustillo, quien incentivó mi interés y amor por los géneros musicales de la isla de Cuba. Durante este tiempo fui cofundador y primera trompeta de una agrupación conformada por doce muchachos, conocida como “Juventud del Ritmo”, que llegó a tener gran renombre en la isla de Tumaco en su momento.
En cuanto a la ciencia, a esa edad no tenía idea de cuál sería mi fortaleza profesional. Solo recuerdo el interés que despertaban en mí los temas de las ciencias naturales, en particular las asignaturas de Biología y Química. El 26 de octubre de 1964, en las instalaciones del Teatro Municipal de Tumaco, se llevó a cabo la ceremonia de graduación en la que recibí el título de Bachiller Clásico, acto presidido por el rector de la institución, Gustavo Knudson.
Bogotá: La Selva de Cemento
Después de atravesar mares, ríos, valles, montañas y carreteras interminables, llegué a Bogotá, la “nevera”, esa selva de cemento. Allí sentí la dureza de sus calles y la indolencia de la gente, pero también descubrí un abanico de oportunidades para cumplir mis sueños. A una de ellas me aferré como náufrago a una tabla de salvación y obtuve mi primer título profesional como Licenciado en Química y Biología en la Universidad Libre de Colombia. Durante este periodo, la música pasó a segundo plano y guardé la trompeta por más de cinco años.
BUCARAMANGA: MI DESTINO FINAL
Por esas circunstancias del destino, el 18 de agosto de 1969 aterricé en Bucaramanga, en un vuelo de Avianca procedente de la capital del país, en el aeropuerto Gómez Niño. Era una tarde soleada y tranquila; sus calles tenían escaso tránsito de peatones y poco parque automotor. Ese ambiente apacible me produjo una sensación de tranquilidad, confianza y familiaridad. Nunca sospeché que acababa de pisar la tierra donde encontraría todo lo que estaba buscando. Allí eché raíces.
Conocí a Esperanza Ramírez, de California, Santander, la mujer con quien contraje matrimonio y con quien constituí una familia con cuatro hijos: Yovana, Alexis, Boris y Vivien, todos destacados profesionales, y seis nietos (tres mujeres y tres varones).
A lo largo de los años alterné el pizarrón, la docencia, la academia, el estetoscopio, los quirófanos, los consultorios, la administración, las partituras y el trabajo social, étnico y comunitario. Me titulé como Médico Cirujano en la Universidad Industrial de Santander (UIS). Posteriormente complementé mis estudios con especializaciones en Gerencia de Servicios de Salud, en la UDES, y en Educación y Procesos Afectivos, en la UIS.
Mi oficio en el fondo siempre ha sido el de cuidar: cuidar la salud de las personas para un mejor vivir; cuidar la educación de los niños, para rescatarlos de las garras de la ignorancia; y cuidar el patrimonio cultural, material e inmaterial de nuestros territorios, para proteger la riqueza de nuestros saberes ancestrales, la identidad, la espiritualidad y la resistencia cultural de los pueblos.
En el campo de la salud, donde aprendí a escuchar, me desempeñé como Jefe de Atención Médica Departamental, Secretario Departamental y Jefe del Servicio de Salud de Santander. También fui cofundador, director médico y médico de urgencias de la Clínica Chicamocha de Santander. En la docencia, donde además de escuchar aprendí a preguntar, fui profesor de Química y Biología en el Instituto Nacional de Comercio y en el Instituto de Enseñanza Media (INEM) de Bucaramanga.
PROYECTOS QUE DEJARON HUELLA
MÚSICA
He sido fundador y director de las siguientes agrupaciones musicales:
- Orquesta “Juventud del Ritmo” (1960–1964) – Tumaco, Nariño
- Orquesta “Masters de Colombia” (1970–1974) – Bucaramanga, Santander
- Orquesta “Nobel de Colombia” (1984–1986) – Bucaramanga, Santander
- Quinteto de Cuerdas “Arpegios” (1994–1996) – Bucaramanga, Santander
- Orquesta “Tumacuba” (2002 – a la fecha)


PROGRAMA RADIAL: LA MINGA CULTURAL
Programa radial que nació en el año 2008, transmitido por la emisora cultural Luis Carlos Galán Sarmiento, 100.7 FM. Es un espacio dedicado a la historia, la cultura y la ciudadanía, que he dirigido durante 18 años. Su propósito fundamental es rescatar la historia, la cultura, los aportes, los valores y la música afrodescendiente del mundo, especialmente de Colombia.
Desde hace diez años el programa cuenta como coequipera en la mesa de trabajo con la lideresa feminista y salubrista Vivien Hidela Ocampo Ramírez. En nuestras sesiones viajamos por el mundo sin salir del estudio.
FACOS Y LAS COMUNIDADES NARP
La Fundación Afrocolombiana de Santander (FACOS) fue creada en 2022 bajo el liderazgo de Leonidas Ocampo. Su objetivo es visibilizar y reivindicar los derechos de las comunidades afrodescendientes. Además, promueve la participación ciudadana, la lucha contra el racismo y la discriminación racial, y trabaja por el rescate de la cultura afropacífica.
He participado en diferentes instancias como la Comisión Consultiva Departamental, la Comisión Consultiva de Alto Nivel y el Espacio Nacional de Consulta Previa, en la Comisión Tercera de Salud, donde se realizaron aportes importantes para la construcción del capítulo étnico de las comunidades negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras. En este proceso se logró incorporar los saberes ancestrales, como la medicina tradicional, la partería, los yerbateros y los sobadores, entre otros.
RECONOCIMIENTOS
- Decreto de Honores y Declaración de Patrimonio Cultural Viviente (Decreto 558 del 21 de Octubre de 2022)
- Certificado de Reconocimiento de la Universidad Industrial de Santander por su liderazgo en el área cultural y defensor de la cultura afrodescendiente. (2024)
- Reconocimiento Camaral de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, por su loable labor en la defensa de los derechos de los pueblos indígenas, originarios, campesinos, comunidades afrodescendientes y ROM de nuestra patria para el vivir bien. (2017)
- Reconocimiento de la Corporación Club de Profesionales de Santander por sus aptitudes como intérprete, arreglista y compositor de melodías musicales al reproducir su primer disco de larga duración. (1995)
- Distinción “María Victoria Prieto Galvis” en el marco del XXV Festivalito Ruitoqueño de música colombiana por dedicar toda una vida a preservar, defender y divulgar la música colombiana. (Agosto 2015)
- Reconocimiento “Memorias Vivas” de El Libro Total por su contribución al registro y preservación del patrimonio cultural. (2025)
- Reconocimiento “Jorge Valderrama Restrepo” por los 25 años de la Emisora Cultural Luis Carlos Galán Sarmiento. (2018)
- Reconocimiento de la Alcaldía de Floridablanca por su aporte al desarrollo cultural afrocolombiano. (2022)
- Mención de Reconocimiento de la Asociación de Egresados ASEDUIS por su valiosa producción artística que contribuyó al engrandecimiento del arte nacional. (2000)
- Certificación de la Sociedad de Autores y Compositores (SAYCO) 2010
- Certificado de participación de la Gobernación de Santander en la formulación, construcción y protocolización de la Política Pública para Comunidades Negras, Afrocolombianas, Raizales y Palenqueras de Santander (2019)
- Certificación de participación de la Secretaría de Cultura y Turismo de Santander como miembro del Consejo Departamental de Patrimonio Cultural de Santander, en representación de las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras de Santander desde el año 2009 hasta la actualidad.
- Certificación de pertenencia del Ministerio del Interior al espacio de consulta previa de medidas administrativas y legislativas de amplio alcance susceptibles de afectar a las comunidades negras, afrocolombianas, raizales y palenqueras. (2018)
- Constancia de participación en alianza con AFS Programas Interculturales Colombia en el programa de Intercambio con jóvenes de nacionalidad alemana que desarrollan servicio comunitario en la ciudad de Bucaramanga. (2026)
CONCLUSIONES
Con la autoridad que me dan los años vividos y los lugares conocidos —aquellos en los que inicié mi camino y en los que eché raíces—, concluyo que mi vida es un sincretismo cultural, perfeccionado por los diferentes roles, experiencias y escenarios que dejó cada encuentro con las personas que lograron influir en mí, así como yo en ellas. Algo que mis ancestros africanos conocían muy bien como Ubuntu:
“Soy porque nosotros somos”.
Porque la interculturalidad es un ejercicio necesario para el desarrollo de la sociedad, partiendo de la base del respeto mutuo y el principio de que ninguna cultura es más importante que otra.